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domingo, 13 de julio de 2014
Liu Bolin
el artista invisible
Liu Bolin, de Shandong, China, es
un artista que se camufla en cualquier entorno, hasta hacerse invisible. Trabaja
en cada una de sus fotos hasta 10 horas para lograr el efecto deseado y muchas
veces los transeúntes no se dan cuenta de que está allí hasta que se mueve.
Su arte es una protesta contra
las acciones del gobierno que cerró su estudio de arte en 2005 y “persigue a
los artistas”, dijo.
A pesar de estos problemas con
las autoridades chinas, las obras de Liu son apreciadas a nivel internacional.
Además de China, el artista que
invisibiliza su presencia en la gran urbe ha llevado su trabajo a Estados
Unidos y Francia, con la serie titulada “Camouflage”.
martes, 1 de marzo de 2011
miércoles, 16 de febrero de 2011
Manuel Mújica Láinez (1910-1984) - Alberto Laiseca
El
hambre
Alrededor de la empalizada
desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios
chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía.
Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las
hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los
salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas
de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida
recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje
desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho,
añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran
querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente,
hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las
velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los
indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de
Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja
crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las
ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de
las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días;
muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca.
Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero,
luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas
cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier,
junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil
distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos
hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza
miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan
sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran
tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca
del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de
viandas, muestra en su tersura el “Ave María” heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como
endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aferra a
las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el
pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí
le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado
la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la
de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi,
y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando
el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y
si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera
logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el
aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a
la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan
los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un
caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros
compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen
del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres?
¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas?
Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada
turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de
Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también
imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que
el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él
perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se
torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide
echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin
fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al
señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los
caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó!
España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en
el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las
cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los
ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él
algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se
sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por
temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus
aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan
cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus
iguales. ¡Mentira, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la
fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos
príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y
le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el
hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no
lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro,
registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido
vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado,
la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al
zarpar de San Lúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido
una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay.
No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y
tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los
ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes.
¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al
patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él?
Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y
sale tambaleándose.
Es una noche muy fría del mes de
junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos
escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también,
pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas,
hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres
péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin
piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos
más...
Pero de repente surgen de la
noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente
que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve.
Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que
fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy
joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano
de leche de nuestro señor Carlos V; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo
cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una
barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte
asedia a todos han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo
cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi
fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de
armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado
izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles
de nutria que le envanece tanto. A este Bernardo Centurión le execra más que a
ningún otro. Ya en San Lúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una
aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él
se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro
galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en
Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos.
Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en
que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica
tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido
pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de
volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro
sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los
puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué?
¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos
piernas y de cuanto es menester...
Conversan los señores en la
claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con
la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje
del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de
nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El
genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos.
Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al
ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido
sobre la hierba rala.
Cuando recobró el sentido, se
había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había
callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó
pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo
veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo
la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó,
magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni
el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie.
Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don
Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de
oraciones.
Bernardo Centurión se interpone
entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están
lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le
tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida
enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza
de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y
los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se
fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad,
en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la
ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto
y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él,
exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su
destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un
abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose
con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de
las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de
ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un
sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la
cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos,
tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al
cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del
campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un
brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él
los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está
haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de
las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada,
al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los
dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con
una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que
Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse. El
ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada
de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las
hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano
trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
martes, 25 de enero de 2011
José Luis Cabezas
sábado, 18 de septiembre de 2010
sábado, 11 de septiembre de 2010
CHILE - 1973 - Golpe de Estado
A los 37 años: memoria, organización y solidaridad
11 de septiembre
Realización: Pablo
García - Página 12 - Idea, producción
ejecutiva y guión: Román Lejtman – Locución:
Lalo Mir
- Momentos previos al golpe
-Golpe - Muerte de Allende- últimas palabras
Día de l♠s maestr♠s
Una clase de gramática
Selección de EL GRAN ULI-ENTO
El gran Gabriel García Márquez no tiene la culpa -oración bimembre- ¡pobre sujeto! que no pague el pato... o el asadito mejor dicho. En la próxima clase (sujeto tácito) veremos (futuro) su obra pasada, siempre vigente, y que tus próximos 100 años no sean de soledad.
viernes, 10 de septiembre de 2010
CUENCA - ECUADOR
CUIDEMOS EL PLANETA
Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Cuenca
1) MURO ECOLÓGICO
2) RECICLAJE-Coordinador Dr. Jorge Parra
miércoles, 8 de septiembre de 2010
CHILE - Exterminio indígena
I )
II )
III )
.
II )
III )
.
Etiquetas:
Memoria-imágenes,
VÍDEO-LA PACHAMAMA ES NUESTRA,
VÍDEOS
martes, 7 de septiembre de 2010
lunes, 6 de septiembre de 2010
Chicho Sánchez Ferlosio
(Madrid, 8 de abril de 1940 - 1 de julio de 2003)
A comienzos de los 60, el anarquista
Chicho Sánchez Ferlosio compuso algunas de las canciones antifranquistas más
populares de entonces -"Gallo rojo, gallo negro",
"La paloma de la paz",...- pero todo el mundo pensaba que
eran anónimas, porque Chicho jamás las firmaba para evitar represalias del
régimen. Así era Chicho, un hombre libre más interesado en hacer, que en
aparecer. Compuso canciones, algunas cantadas por Joan Baez, por Sabina, otras
por Amancio Prada, por Quilapayún o Soledad Bravo, entre otros. Con su
compañera Rosa Jiménez, en 1981 fue protagonista de una película documental de
Fernando Trueba, "Mientras el cuerpo aguante", grabada en Mallorca y
donde queda impresa la filosofía de vida de la pareja. Actuaban habitualmente
por los locales nocturnos madrileños llevando canciones y poesía…
(Gracias Belly)
Su obra abarca múltiples campos
además del músical: escribió poemas y un libro de relatos. Realizó
acompañamientos musicales para otros intérpretes. Publicó artículos en diversos
periódicos, como El País, Diario 16, El mundo y Abc. Se adentró en el terreno
de la lingüística e inventó numerosos juegos y rompecabezas. Trabajó como
corrector en prensa y en los últimos años de su vida se dedicó también a crear
programas complejos y juegos de ordenador.
A la huelga
A la huelga, compañero;
no vayas a trabajar.
Deja quieta la herramienta
que es la hora de luchar.
A la huelga diez, a la huelga cien,
a la huelga, madre, yo voy también.
A la huelga cien, a la huelga mil,
yo por ellos, madre, y ellos por mí.
Contra el gobierno del hambre
nos vamos a levantar
todos los trabajadores,
codo a codo con el pan.
Desde el pozo y la besana,
desde el torno y el telar,
¡vivan los hombres del pueblo,
a la huelga federal!
Todos los pueblos del mundo
la mano nos la van a dar
para devolver a España
su perdida libertad.
.
La paloma de la
paz (o La paloma)
Que no, que no, paloma, no,
que así que no trabajo yo.
Que no, que no, palomita, que no,
que así que no trabajo yo.
Soy un hombre del pueblo
harto de trabajar.
Mi vida es el trabajo, paloma,
pero me pagan mal.
Las leyes están hechas
a favor del patrón;
la ley no escucha al pueblo, paloma,
aunque tenga razón.
El deber del trabajo
dicen que tengo yo.
De mis deberes hablan, paloma,
de mis derechos no.
Pero nos uniremos
contra la explotación;
la fuerza de los hombres, paloma,
siempre será la unión.
Nos juzgan y condenan
en nombre de la paz,
cada vez que pedimos, paloma,
justicia y libertad.
Pero la paz tú eres
y con ellos no estás,
que vuelas con nosotros, paloma
paloma de la paz.
Los gallos (o Gallo rojo, gallo negro)
Cuando canta el gallo negro
es que ya se acaba el día.
Si cantara el gallo rojo
otro gallo cantaría.
Ay, si es que yo miento,
que el cantar que yo canto
lo borre el viento.
Ay, qué desencanto
si me borrara el viento
lo que yo canto.
Se encontraron en la arena
los dos gallos frente a frente.
El gallo negro era grande
pero el rojo era valiente.
Se miraron a la cara
y atacó el negro primero.
El gallo rojo es valiente
pero el negro es traicionero.
Gallo negro, gallo negro,
gallo negro, te lo advierto:
no se rinde un gallo rojo
más que cuando está ya muerto.
Que la tortilla
se vuelva (o La hierba de los caminos)
La hierba de los caminos
la pisan los caminantes
y a la mujer del obrero
la pisan cuatro tunantes
de esos que tienen dinero.
Qué culpa tiene el tomate
que está tranquilo en la mata
y viene un hijo de puta
y lo mete en una lata
y lo manda pa’ Caracas.
Los señores de la mina
han comprado una romana
para pesar el dinero
que toditas las semanas
le roban al pobre obrero.
(Qué culpa que tiene el cobre
que está tranquilo en la mina
si viene un yanqui ladrón
y lo mete en un vagón
y lo manda a Nueva York.)*
Cuándo querrá el Dios del cielo
que la tortilla se vuelva
que los pobres coman pan
y los ricos mierda, mierda.
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ARTES,
MÚSICA - AUDIOS,
VÍDEO-ARTE,
VÍDEOS
viernes, 3 de septiembre de 2010
martes, 31 de agosto de 2010
TÍTERES:
Chucho
Teatro
ES PANTOMIMAS
Autores:
ROBERTO OYARZUN - BASILIO CAAMAÑO
.
Contacto:
robertrogua@hotmail.com
domingo, 29 de agosto de 2010
viernes, 27 de agosto de 2010
Edgar Allan Poe (1809-1849) - Alberto Laiseca
El corazón delator
¡Es cierto! Siempre he sido
nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes
que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de
destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que
puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo
puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con
cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo
aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me
acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba
colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me
insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue!
Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una
tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco,
muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo
para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes
me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran
podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué
cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui
más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia
las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan
suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la
cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera
que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se
hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente...
muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una
hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta,
hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente
como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto,
abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente
iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo
suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto
lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre
encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no
era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas
iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente,
llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la
noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para
sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo
mientras dormía.
Al llegar la octava noche,
procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de
un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de
aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad.
Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí,
abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas
intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me
oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se
sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto
estaba muy negro, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo
a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la
puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me
disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y
el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir
palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo
no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal
como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los
taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y
supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh,
no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge.
Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el
mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los
terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que
estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi
corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido,
cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era
nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la
chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de
darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano,
porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a
su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que
lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi
cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo
tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una
pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse
ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de
luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el
ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en
par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad,
de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano.
Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por
un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que
toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En
aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que
podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era
familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal
como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me
contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que
no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz
sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se
hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto
del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen
ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche,
en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como
aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía
algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más
fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva
ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La
hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y
me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez.
Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón.
Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante
varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no
me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por
fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver.
Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la
mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien
muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Levanté luego tres planchas del
piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los
tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo-
hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna
mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una
cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea
eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En
momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la
calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se
presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un
vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de
algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían
comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que
temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado
aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité
a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la
habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se
hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la
habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga,
mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en
el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían
satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba
perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les
contestaba con animación. Pero al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía
pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido
en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se
hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy
alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo
cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se
producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy
pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz.
Empero, el sonido aumentaba... ¿y qué podía hacer yo? Era un resonar apagado y
presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón.
Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no
habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido
crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz
muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente.
¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las
observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía
continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia...
maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé
con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y
crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres
seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo
Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban
burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier
cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel
escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que
tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte...
más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados!
-aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde
está latiendo su horrible corazón!
FIN
CONTAMINACIÓN & NEGOCIOS
“Hay que accionar
penalmente…”
Declaraciones del Fiscal Federal de Tucumán, Antonio Gustavo
Gómez
jueves, 26 de agosto de 2010
martes, 24 de agosto de 2010
domingo, 15 de agosto de 2010
del grupo Mascaró Cine
"UN ARMA
CARGADA DE FUTURO"
(La política cultural del PRT-ERP)
Este documental aborda los
debates sobre la Cultura y las diferentes experiencias que surgieron en la
década del 60 y 70 reunidas alrededor del PRT-ERP (Partido Revolucionario de
los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo) al calor de la lucha revolucionaria
de la época. Importantes figuras como Raymundo Gleyzer, Haroldo Conti, Vicente
Zito Lema, María Escudero, Daniel Hopen, Roberto Santoro, Cacho Costantini y
Nicolás Casullo, entre otros, fueron protagonistas de nuevas experiencias para
expresarse tanto en el arte como en otras áreas de la intelectualidad.
En este contexto se desarrollaron
proyectos colectivos como Cine de la Base, Libre Teatro Libre, el grupo
Barrilete y otros en el campo de la literatura, la psiquiatría, las artes
plásticas y la música. Todos tenían en común la lucha a favor de una patria
socialista y el camino hacia la revolución trazado por el Che.
UN ARMA CARGADA DE FUTURO recupera estas
experiencias para analizar y debatir acerca del rol del intelectual y el
artista y su compromiso revolucionario, poniéndolas al alcance de las nuevas
generaciones que hoy buscan e indagan en una mirada crítica y combativa de la
cultura, como aporte al proceso de transformación social.
MASCARÓ CINE AMERICANO
AVANCE:
PRESENTACIÓN EN BUENOS AIRES:
El pasado jueves 8 de julio
estrenamos UN ARMA CARGADA DE FUTURO (la política cultural del PRT-ERP) en la
Biblioteca Nacional. Nos acompañaron muchos militantes, del PRT y de otras
organizaciones, pero lo más importante fue la cantidad de jóvenes que
estuvieron. En la puerta de la sala se armaron puestos, con libros, prensa,
revistas y películas de estas organizaciones. También estuvieron algunos de los
familiares de los protagonistas de la película, intelectuales, investigadores,
amigos, artistas, alumnos y ex alumnos, colegas y ex colegas... en fin... todxs
nos hicieron sentir muy acompañadxs.
Con el grupo Mascaró decidimos
dedicarle esta proyección en la Biblioteca Nacional a Raúl Rodríguez, compañero
documentalista y amigo recientemente fallecido. Después abrió la noche el trío
"El Patio", que interpretó 3 canciones, una de las cuales está
incluida en la película. Y cerca de las 19.30hs. se largó la peli. Es una
experiencia única la de los estrenos, estos estrenos con público
"compañero", que se ríe, se emociona, aplaude en medio de la
función... que es cómplice, co-realizador, co-espectador... y al final los
aplausos, muchos de pie, esa forma sonora de decir "gracias",
"nos gustó", "buen laburo" y lo más importante que uno
puede esperar de ese momento: nos estaban diciendo "es nuestra
también".
Para cerrar, Rafael Vasquez, uno
de los poetas del grupo Barrilete leyó un poema dedicado a Roberto Santoro y
después Vicente Zito Lema se preguntó, nos preguntó, si había valido la pena la
lucha de esos compañeros de la película. Y sí, dijimos todos, claro que valió
la pena. Por último, Susana Etchegoyen y Pedro Cazes Camarero nos contaron e
invitaron a todos al nuevo proyecto de reeditar la revista Crisis. Éste fue un
cierre en sintonía con la pretensión de la película, vincular experiencias de
los 60 y 70 con las actuales, demostrar que no hace falta empezar de cero cada
vez, ni en la cultura ni en nada.
Creemos que es esperanzador saber
que somos muchxs lxs que acompañamos la difusión de estas experiencias, de
estos documentales.
PRESENTACIÓN EN
ROSARIO:
Sábado 21 de agosto –18 Hs
CENTRO CULTURAL. LA
TOMA
Tucumán 1349
ORGANIZAN:
BIBLIOTECA POCHO LEPRATTI/ FAMILIARES DE DETENIDOS
DESAPARECIDOS POR RAZONES POLÍTICAS DE ROSARIO/ SEC. DE DD HH DE CTA ROSARIO
Biblioteca Popular
Pocho Lepratti
Virasoro 39 bis - Tel. (0341) 4812064 - Rosario
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